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Tatiana Faia, 1986, Lisboa. Escribió dos libros: Lugano (Artefacto, 2011) y teatro en la calle (doladoesquerdo, 2013). Actualmente es uno de los editores del proyecto Enfermaria 6 (www.enfermaria6.com). Vive y trabaja en Oxford, donde escribió una tesis doctoral sobre Homero.

 


 

PENA SIN OBJECTO

en la casa las mujeres rasgaban
para paños  las sábanas viejas
aprovechaban las sobras
cosían juntas
reclamaban poderes del oráculo
que nunca habían tenido
salían muy poco
del mundo sabían muy poco
a escondidas la más vieja
fumaba de la pipa de un marido
marinero pero sobre ella
nadie se iba a dar el trabajo de escribir
a rime of an ancient mariner
no importaba cuántas veces
encendiese aquella pipa
lo único eterno que podía
haber alcanzado residía en que
alguien hubiese hecho de ella
una estatua en piedra
y siglos después algunos pescadores
la sacasen del mar como
aquella venus en rodas
ellas debían haber sido sirenas
algún hombre en peligro
tenía que haberse dejado atar
al mástil de cualquier navío
vendar con cera los oídos de sus marineros
solo por el puro placer de oírlas cantar

pero para  el desenlace de aquel enredo
ellas no pudieron
ser algo más que un bando
de euricleias sin historia excepto
por el hábito reducido a inofensivo
de llorar sobre cicatrices.

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BEN ZAKHAI

tres de la mañana en budapest
en el piso subterráneo de un hotel
un hombre y una mujer
se dejan caer en la privacidad
suburbana de un aparcamiento
dentro del coche hablan
como quien juega al ajedrez
sacrificando pieza tras pieza
con una atención metódica
indicio tal vez de un puñado
de criterios más sabios
ellos te recuerdan a otra historia de rabinos
ben zakhai negoció hábilmente sobre jerusalén
preparó desesperado la rendición de la ciudad
él y el emperador hablaban de planos
se entretenían con una prudencia grave
discusiones de estrategias sucesivas
pero por enigmas no encontrados
cada uno de ellos reclamaba siempre una cosa más
ya que todo se puede perder más vale
querer cada vez más, imagina que
ben zakhai tal vez le dijera vespasiano
una destrucción esconde siempre
otra destrucción y la destrucción siguiente otra
hasta que no quede ninguna casa
tú de aquí te vas para roma y yo sabe dios

y no quedará ya nada
dentro de ninguna de las casas en esta ciudad
contenidas como soldados demasiado jóvenes
escondiéndose al entender el primer deber del  miedo,
el de enterrarse en el refugio circular de las murallas
nada de las cosas que componen una ciudad
nuestro comercio el discreto barullo
de nuestras mujeres en su ir y venir
cosa callada con los hijos de la mano
las intactas paredes de nuestras casas
la recogida tranquila por la tarde
de la sombra de nuestros patios más interiores
el susurro en el habla grave de los hombres
entretenidos en conversaciones de negocios
nada, aquí no hay metáfora ninguna
comenzando por una cosa cualquiera
es posible
si así quisieras
podrías continuar rompiendo todo indefinidamente
todo puede ser minuciosamente destruido
contra esta tan densa noche
la idea de un nudo tan hondo que solo eso explique
una ciudad entera calcinada
para que la misma ciudad pueda volver a empezar.

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GÉNOVA, 1966

una mancha se extiende
en el rojo y blanco de una toalla
tú vas de cuarto en cuarto
cierras las puertas una a una
cualquier cosa que no consigo
ver y que tú encierras con
estratégico cuidado la última puerta
muy lentamente contra el pestillo
la luz de la entrada en arco
sobre el largo balcón común
en la cocina todos los vasos
y todos los platos sucios
despojos domésticos
ninguna gloria, restos de alcohol
para una llama que tiembla
en los últimos candiles
nos despedimos en el balcón
y empiezo a bajar la calle
una noche irreversible
te baja a las manos se hunde
lentamente en el equilibrio
de la nieve en las farolas
la cabeza se hunde entre las manos
en otro momento cualquiera
aquel instante se enciende en el iris
viene traducido en un tiempo lento
baja hasta la superficie de este instinto
que guarda consigo solo una certeza
o esto aquí y ahora o nunca más

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TODO LO QUE ERA NECESARIO HABER DICHO

1.

empezaron por contarte una mentira
que te hizo volver atrás y sin querer has consentido  
esos tres pasos en las tablas falsas del puerto
tú aún intentaste lo que podías
el equilibrio del gato
era invierno y saltaste
solo para no decepcionarlos
por el arco del cuerpo
por la simple presión bruta del aire
o solo para mantener encendida
esta certeza oscilante su hábito de tamborilear
en puertas y otras puertas en la que todo se apaga
prescindiste de querer que para todo
haya una cuerda que nos una
alguna cosa sin ley que por otras señales
te remita a la idea de saber que estás vivo

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